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He padecido la falta de mi propia fe, he perecido entre mis propias sombras, me he dejado vencer por la incertidumbre y he potenciado los monstruos que yacen en mi memoria.
Caminando muchas veces entre puras rosas, derramaba mares de lágrimas porque me sentía sola. Eran las espinas lo único que yo veía, y escuchaba altavoces afirmando que no podría.
Hoy tengo el poder en mis manos, distingo mis falencias y me sé un buen atajo, que me ahorra miedos y ansiedades en plena incertidumbre, son la fe y la certeza que impiden que me tumben.
Doy gracias por tanto y por todo, pido perdón por mis desaciertos y por dar tan poco. Soy una imperfecta humana y me haré el regalo más grande, el perdón para mi alma y seguir siempre adelante.









